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PEN/OutWrite | 22nd August 2018

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¿Quiénes somos? por Pablo Simonetti

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Ilustrado por Kajsa Nilsson

Mientras escribo siento converger dentro de mí una gran variedad de saberes, de fuerzas de empuje, de clases de conciencia, de estratos de la memoria. En un intento por precisar este estado, diría que la línea de conciencia se sumerge debajo de nuestro hacer “superficial” y tiende a acercarse a una frontera donde convergen consciente e inconsciente, razonamiento e intuición, inteligencia y sensibilidad, lo conocido y lo desconocido, voluntad e inspiración. Es decir, descendemos lo suficiente para integrar otros elementos de nuestro ser. No podemos descender más allá de esa frontera, obligados por cierta altura práctica que tiene el acto de narrar, obligados como estamos a cumplir, según Steiner, un contrato con el mundo en términos de referencialidad y significado. En esa frontera hecha de intercambios, boyante de un comercio del cual no podemos llevar contabilidad, que resulta estimulante, rico en nuevas percepciones, puntos de vista, sondajes fructíferos, iluminaciones recíprocas, es ahí donde mayor definición adquiere lo individual, cuando llegamos a ese estado que nos permite esgrimir lo que Nadime Gordimer llamó nuestra inteligencia ultraperceptiva. Es este carácter individual del acto creativo el que quiero destacar. Es en ese estado de ser en que el escritor se encuentra a la vez frágil y definitivamente consigo mismo, accediendo a lo universal que pueda haber en él.

Resulta esperable entonces que los escritores tengan esa otra vocación que es ‘ser quienes son’, por desarrollar el pensamiento propio hasta las últimas consecuencias. Si una conclusión he sacado de los congresos literarios es cuán diferentes son los escritores entre sí, cuán lejos están de cualquier idea preconcebida que pueda existir acerca de ellos. Los escritores hacemos de nuestra personalidad una obra en continua depuración, no para hacerla más brillante sino más íntegra, y es porque a través de ella, hundidos en ella, somos capaces de alcanzar retazos de verdad. A menudo pienso en unas entrevistas que leí el mismo día en el Paris Review, a Evelyn Waugh y Alice Munro. Me asombré al compararlas: cada uno respondía a su modo, pero lo que más llamaba la atención era cuán diametralmente diferentes resultaban ser y al mismo tiempo cuán alejados estaban de los estereotipos: su personalidad, su modo de entender y enfrentar la vida y el trabajo literario afloraban con nitidez en cada respuesta. Waugh era soberbio, creía dominar su lengua como nadie y no disimulaba bien su deseo de ser considerado el mejor escritor de su tiempo. Se había vuelto un hombre solitario y difícil después de enviudar, acarreaba la fama de haber tenido aventuras non sanctas y de ser un gozador de la buena vida, contradiciendo su pensamiento político de raigambre ultraconservadora. Era tal su engreimiento que dio la entrevista en cama, vestido con una bata de terciopelo bordada, en la suite de un hotel de la Riviera Francesa.

Alice Munro, en cambio, mostraba ser una mujer sencilla, de costumbres rurales, habitante junto a su marido de una casa de pueblo por más de cuarenta años, alejada de las grandes ciudades norteamericanas y de los salones literarios que al momento de la entrevista ya comenzaban a nombrarla como una candidata al premio Nobel. Para ella, el concepto de literatura no giraba en torno a grandes ideas ni a paradigmas complejos, su única preocupación era la intimidad de los personajes que pueblan sus historias –cuentos largos, la mayoría–. Y a su vez, en su mundo privado imperaba su deseo de que un día fuera igual al siguiente, dentro de lo posible.

Me dio gusto percibir, en el fondo, cuánta originalidad y sentido de autoafirmación brotaba de cada uno de ellos; más todavía al comprobar cuán distintos resultaban ser sus estilos, sus intereses, los arcos descritos por sus obras, al extremo que no se podían comparar ni decir cuál de ellos era mejor.

No es sorpresa entonces que los grandes narradores logren ungir a los protagonistas de sus obras con un soplo de vida y de originalidad, uno que proviene de sus leit motiv.

William Shakespeare fue llamado por el crítico Harold Bloom “el creador de la personalidad”. Sostiene Bloom que personajes como Hamlet o Falstaff son inmortales gracias a esta condición de ser únicos, irrepetibles, y a que sus destinos están marcados por su carácter y voluntad. Pienso en ellos como ejemplos de esos personajes que nos mueven poderosamente. Según Nabokov, Hamlet y Falstaff tienen más mente que traje, poseen aguda conciencia de sus respectivas situaciones, pero sin llegar a perder la perplejidad.

La corriente identitaria que fluye desde el escritor hacia el lector elige el cauce de estos personajes, no el de la trama. Puede llegar a intrigarnos el futuro que les espera, pero antes debemos interesarnos en ellos. Son quienes nos transportan a lo largo de la historia. Si el destino de un personaje está signado por su forma de ser, “sutil en su entendimiento y copioso en su reacción”, en palabras de Henry James, mayor es el interés. En el fondo, los personajes actúan como un baremo respecto del cual nos medimos o, si se trata de una obra con una congregación de personajes bien conseguidos, como una galería de espejos donde vemos reflejados diversos aspectos de nuestro ser, en algunos de un modo franco y a escala, en otros deformados por las distintas inclinaciones que pueda ofrecer el punto de vista.

Ningún otro arte iguala a la novelística en cuanto a riqueza, variedad y profundidad psicológica en su retrato de la naturaleza humana. Y cuando escribo esta frase pienso que no es mía, que la he leído en alguna parte, sin embargo, la hago mía porque la leí.

Así es que hablemos de los lectores. La lectura nos acerca a preguntarnos quiénes somos, mediante su ejercicio logramos estimular el nervio sensible que nos atraviesa, sea que leamos por el solo placer de dejarnos llevar o para interpretar o para ir en busca de una revelación,  de un descubrimiento. En cualquiera de estos estados, en la sotoconciencia está palpitando nuestra identidad, ya bien en la búsqueda de fantasías y desahogos, ya bien en la interpelación intelectual y sensible.

No se puede negar que la lectura es un potente catalizador para ese pensar/sentir, ese odio/amo que mencionó Gordimer en Escribir y ser, ese ejercicio que nos brinda no sólo placer sino que nos hace entrar, sin que lo notemos, en la intimidad de nuestra mente, ahí donde no impera la normatividad y es más poderoso el imperio del ser. No leemos abandonados de nosotros mismos, como algunos postulan, sino que lo hacemos mediante un juego de sentimientos. Incluso la situación en que leemos, por lo general solitaria, o al menos reconcentrada, contribuye al libre flujo de emociones. Podemos detenernos a saborear un pasaje, a sopesar una idea, podemos seguir leyendo mientras en nuestra mente se desencadena una tormenta de estímulos inconscientes que pronto se convertirán en lluvia sobre los expectantes campos de la conciencia.

  1. H. Lawrence decía que cuando se está frente al significado de algo, incluso de la palabra más simple, uno debe hacer una pausa, pues existen dos significados diferentes: un significado para la multitud y un significado para el individuo. Por esta razón la literatura siempre ha resultado subversiva, porque no acepta los discursos dominantes, sino que induce al lector a desarrollar un pensamiento individual, alejándolo de su hábito de multitud y protegiéndolo de la alienación que podría ocasionarle el poder desmedido o las ideologías.

Uno de los escasos recuerdos literarios que guardo de mi infancia es la impaciencia con que esperaba cada mes la llegada del fascículo de la gran enciclopedia Larousse. Mi interés era solo uno: leer “La Divina Comedia”. En las páginas finales del cuadernillo, a modo de columna, encabezado por una pintura de estilo prerafaelita, se relataba en prosa un episodio de la obra de Dante.

Las imágenes de la barca cargada de almas en pena cruzando el río Aqueronte, de Dante y Virgilio bajando a los círculos infernales, del lento batir de alas de Lucifer que congelaba todo a su alrededor, de las enormes piedras que tenían que empujar cuesta arriba los penitentes del Purgatorio, todavía permanecen vivas en mi memoria. Sin embargo, el recuerdo de mayor intensidad es el perfil de Virgilio y su encargo de guiar al poeta italiano por los caminos del Hades. Para mí, Virgilio representa la labor de la literatura en el crecimiento de la identidad del individuo. Es quien nos guía por los caminos de lo propiamente humano, mostrándonos sus tonalidades, sus acentos, sus variaciones sutiles. La literatura, como Virgilio, nos va mostrando un panorama del espíritu, del sentir y del actuar del hombre, un panorama que cambia de narración en narración y que está presto a entregarnos revelaciones valiosas acerca de nuestras vidas.

Me atrevo a decir que la literatura es la gran custodia de la diversidad humana. Incluso más, el que hoy se considera raro, desadaptado, inadecuado, al que no le resulta fácil moverse con la manada sin pensarlo, sin cuestionarse, ese joven de pocos amigos, puede encontrar en los libros a muchos que padecieron de la misma incomodidad de existir y que llegaron a ser grandes hombres y mujeres.

La literatura es como un gran invernadero, es allí donde están las plantas más raras y valiosas, los ancestros más lúcidos. Hoy, cuando existe tanta preocupación por la diversidad biológica, también deberíamos entregarnos a la tarea de conservar e incentivar la diversidad humana.

En fin, no hay campo más fértil para un hombre que el de sus lecturas. A través de ellas podrá adquirir mayor conciencia de su identidad, con todos los beneficios que ese conocimiento de sí mismo puede acarrear. Es cosa de detenerse un momento a pensar qué responderíamos si alguien nos preguntara quiénes somos. La única respuesta que se me viene a la mente es comenzar a contar una historia, y así es como la lectura, a través de esos personajes inolvidables creados por autores ensimismados, enconadamente originales, nos ayuda a contar mejor esa historia que nos determina y nos distingue de los demás.

Mirada desde este punto de vista, la libertad de los autores y de los lectores es un elemento imprescindible para lograr la vieja y siempre nueva alquimia de la literatura. Esa libertad no puede verse amenazada ni por el más leve apremio.

Pasé mi adolescencia en un país donde no había libertad de expresión, donde el miedo daba pie a diversos niveles de autocensura, un país en que la prensa se coludía con la Dictadura para ocultar las atrocidades cometidas en contra de mis compatriotas, avasallados en su derecho a la vida y a la dignidad, con desapariciones, asesinatos a sangre fría y una espeluznante práctica de torturas.

Pero cuando la democracia llegó no todas las formas de coerción desaparecieron. En especial aquellas que todavía aplastaban las expresiones LGBTIQ. Durante la primera conferencia de prensa que dio un grupo organizado de la comunidad en 1992, sus integrantes se vieron obligados a usar máscaras, para no quedar expuestos a toda clase de retaliaciones, tales como perder el trabajo, ser expulsados de sus casas, sufrir el rechazo de sus familiares, e incluso ir a la cárcel por promover la sodomía, que en ese entonces y hasta 1998 siguió siendo considerada un delito. Pienso en los países de la órbita rusa y en los países árabes.

En 1993, tres años después de asumir como el primer presidente democrático post Pinochet, Patricio Aylwin, muy admirado hasta el día de hoy por su gran inteligencia para llevar adelante la Transición, representante de la centroizquierda progresista, realizó una visita de Estado a Dinamarca. Desde 1989, las parejas danesas del mismo sexo podían celebrar una unión civil para cautelar su convivencia familiar. Cuando en una rueda de prensa, un periodista le preguntó a nuestro presidente sobre los avances realizados en democracia en el respeto a los derechos de las personas gays y lesbianas, Aylwin lo miró sorprendido y dijo: “Nosotros en Chile no tenemos ese problema”. ¿Existe mayor censura que la invisibilización pública? Por eso son importantes los escritores LGBTIQ para cada uno de sus países, porque rompen la maldición de la invisibilidad. Vuelvo a pensar en los países de la órbita rusa.

Al poco tiempo de establecerse la democracia en Chile se estipularon fondos para la creación, con el fin de incentivar un ambiente cultural hasta entonces deprimido por la falta de libertad. Recuerdo aquel día de 1994 en que un diario vespertino titulaba en grandes letras rojas: “Fondos de cultura para una obra gay”. El escándalo fue mayúsculo y hubo mucha presión para destituir a la encargada de los fondos, cosa que felizmente no ocurrió. Dar financiamiento a un escritor para que escribiera un libro de cuentos con personajes gays se concebía como un atentado contra el bien común, contra la arraigada idea de que existía una única manera de llevar una buena vida.

Pero quizás lo más grave de la década de los 90 en Chile, tan celebrada por su apertura en otros aspectos, fue la negación de la crisis del SIDA. Con un presidente que decía “nosotros no tenemos ese problema”, refiriéndose a las personas LGBT, ustedes podrán comprender la lentitud con que el aparato del Estado reaccionó frente a la epidemia que recién golpeaba a los chilenos. Pienso en mis colegas africanos que deben lidiar con la crisis de salud de sus países, entre otras tantas lacras que acarrea el fanatismo religioso.

Si ustedes quisieran hacerse de una mirada más detallada de la historia de nuestro país respecto a la diversidad sexual les recomiendo leer un ensayo histórico de gran calidad literaria, del autor Óscar Contardo. Su título es Raro (Weird), una historia gay de Chile.

A riesgo de parecer majadero, quiero decir que al hablar de libertad de expresión para escritores LGBTIQ no estamos solamente hablando de defender su libertad para contar el mundo, ni tampoco estamos hablando de la libertad de los lectores de leer lo que les plazca y encontrarse a sí mismos, estamos hablando también de vidas humanas. Vidas de jóvenes que se pierden a manos del suicidio, vidas de hombres y mujeres arrebatadas por el fanatismo, vidas de quienes se consumen en una cárcel, vidas de personas que se pierden a manos de enfermedades por falta de apoyo e información.

Yo mismo tuve una experiencia penosa a propósito de la censura no abiertamente declarada a temas que involucraran a personas LGBTIQ en mi país. En 1997 –noten que en mi relato han pasado los años y poco ha cambiado-, presenté un cuento a un concurso de gran prestigio, organizado por la revista Paula, una revista femenina que se ha destacado a lo largo de sus cincuenta años de existencia por su cercanía con la cultura y los derechos de las mujeres. Mi cuento “Santa Lucía” fue el ganador. Pocos días después de recibida la noticia, la directora de la revista me llamó a su oficina. Teníamos un problema. La revista era repartida a más de cien mil suscriptores de El Mercurio, el diario con la mayor influencia política e institucional del país. Eran los tiempos en que la prensa tradicional conservaba su poder y se concentraba en pocas manos. El dueño de ese diario resultaba ser el tío de la directora de la revista y en una conversación familiar le habría dicho: Mijita (an endearing term, but subtly patronizing), ese cuento no puede aparecer publicado. Las bases del concurso establecían que el cuento ganador sería publicado en la revista, sin cláusulas de exclusión de ningún tipo. La historia relataba la experiencia de un hombre casado al tener un encuentro de sexo anónimo con otro hombre, en el cerro Santa Lucía, lugar donde fue fundado Santiago, en el centro mismo de la ciudad. ¡Cuánto pecado! En un principio la directora trató de convencerme de que era mejor renunciar a publicarlo. Cuando se dio cuenta de que ni yo ni el jurado aceptaría un trato de esa índole, se puso de nuestro lado y luchó contra el gigante que era su tío. Finalmente la historia se publicó, pero no en el interior de la revista, sino en un cuadernillo aparte que, a su vez, iba dentro de un sobre que decía en su cubierta: Consejo para las familias: Contenido no recomendable para menores de veintiún años. Ustedes adivinarán lo que sucedió. La gran mayoría de las personas que recibieron la revista en sus casas, junto con el diario del día sábado, leyó el cuento. En un principio por morbo, seguramente, pero luego con verdadera curiosidad social, literaria y psicológica. Hubo algunos que quemaron el cuento frente a sus hijos –lo sé de primera mano–, pero a la mayoría se les hizo patente la grieta que atravesaba a los hombres que tenían que vivir su homosexualidad a escondidas, simulando una vida armónica con una mujer. Se les hizo patente el calvario de las mujeres casadas con hombres que llevaban una doble vida.

Si mi cuento no hubiera sido publicado, un gran número de chilenos habrían permanecido aferrados a la negación. En cambio, al ser impreso se pudo comprobar que el país estaba ansioso de leer una historía así y de que estaba dispuesto a iniciar el camino de la inclusión. Solo un año después la sodomía fue despenalizada. Por estos razones tenemos que luchar para que nuestros países lean lo que quieren leer e impedir que un grupito de personas que se sienten poseedoras de una moral superior determinen lo que es bueno o malo de leer para los demás. El haber pasado de un puñado de lectores censores a una multitud de lectores entusiastas en un país pequeño como Chile fue un regalo para mí, pero sobre todo puso de manifiesto la dimensión del daño que ese acto de censura en particular habría podido conseguir.

La situación de las personas LGBTIQ en Chile hoy ha mejorado enormemente, ya contamos con una Ley Antidiscriminación y otra de Unión Civil, una muy buena ley que respeta la dignidad familiar de las parejas. Pero nos queda mucho por avanzar: Ley de Identidad de Género, una institución que se haga cargo del combate contra la discriminación, matrimonio igualitario. Por sobre todo, aun tenemos que lidiar con la censura amplia y minuciosa impuesta por las iglesias cristianas en escuelas y universidades, por el machismo que todavía impera en las instituciones estatales y las empresas. Tanto la Iglesia católica como las Iglesias evangélicas luchan día a día en el Congreso, en el espacio público y educacional para limitar las libertades fundamentales de las personas LGBTIQ, al punto de que intentaron detener a toda costa la ley antidiscriminación, precisamente porque mencionaba la orientación sexual y la identidad de género como categorías protegidas: nombrarlas –y esto es esencial para quienes luchamos por la libertad de expresión–, significaba conferirles realidad.

Tenemos que nombrar, tenemos que contar, tenemos que leer, es la única manera que cada uno de nosotros y cada uno de nuestros pueblos podamos responder a la valiosa pregunta de quiénes somos.